Juan MartÃn
Fue en el año 1824 cuando nació en GarafÃa quien andando el tiempo se convertirÃa en consejero, guÃa y defensor de los habitantes de todo el municipio. Se llamaba Juan MartÃn y a su muerte, a los 54 años de edad, en 1878, todo un pueblo se sintió huérfano pero al mismo tiempo dispuesto a seguir el camino que el ejemplo de Juan MartÃn les habÃa mostrado.
En una época de analfabetismo y de miseria, Juan MartÃn fue como un islote en la inmensidad del mar. Sin salir de su pueblo, aprendió a leer y a escribir llegando a ocupar el puesto de Secretario del ayuntamiento. En sus viajes por la isla aprendió los rudimentos de la construcción popular y se los transmitió a sus paisanos que paulatinamente, fueron abandonando las cuevas, las chozas y las casas con paredes de arrimo por edificaciones de paredes exentas con techos de madera y teja.
Hombre bueno, juez de paz sin nombramiento oficial pero con la aquiescencia unánime de sus paisanos, a él se recurrÃa para solucionar cualquier litigio entre vecinos siendo su imparcial dictamen y consejo seguido por todos. Intermediario entre el pueblo y las autoridades, los vecinos tenÃan en Juan MartÃn a su valedor, al hombre que los defendÃa y les aconsejaba.
Seguramente el hecho de mayor relevancia en que se vio envuelto Juan MartÃn fue el de su hipotética relación con la muerte del recaudador de contribuciones Manuel Lecuona.
En esta época de hambre, en que la mayor parte de la población garafiana se alimentaba de las raÃces del helecho macho y de la leche y queso de las cabras, el recaudador de contribuciones era considerado más o menos como una especie de anticristo; un individuo que, ante la falta de dinero de los habitantes del pueblo, no dudaba en apropiarse de sus animales domésticos como pago.
El 23 de septiembre de 1.850 el recaudador don Manuel Lecuona se presentó en Santo Domingo; al dÃa siguiente exigirÃa a los pobres garafianos el pago de las contribuciones, pero ese dÃa no llegarÃa para él. Cansado del viaje, se acostó prontamente en la misma habitación que su acompañante don Aquilino GarcÃa. A medianoche, en plena oscuridad, un disparo realizado a través de un pequeño ventanillo hirió de gravedad al infame recaudador que, ante la ausencia de médico, murió a la mañana siguiente.
Quien Hizo el disparo conocÃa perfectamente el lugar que ocupaba el recaudador en la habitación. Las pesquisas realizadas por el juez involucraron a Juan MartÃn en el hecho: en los restos de papeles chamuscados con que fue atascada el arma del delito se podÃan ver una letras cuya grafÃa se asemejaba a la del Secretario del Ayuntamiento garafiano.
Juan MartÃn lo negó. Lo negó todo el pueblo; nadie sabÃa nada, nadie habÃa oÃdo nada, nadie habÃa visto nada. Por presunción, Juan MartÃn fue hecho prisionero y trasladado al castillo de Paso Alto, en Santa Cruz de Tenerife, donde continuó negando su participación en el homicidio. Pronto fue puesto en libertad.
Quizás Juan MartÃn no fuera el autor material del disparo, pero es seguro que conocÃa perfectamente lo sucedido. Nada se hacÃa en el municipio que este hombre no conociera y aconsejara.
Repuesto en su cargo, su vida transcurrió como hasta entonces, quizás más querido y respetado por sus convecinos. Cuando falleció, en el momento de cubrir su ataúd con tierra y en presencia de casi todo el pueblo, alguien dijo: “Descansa en paz Juan MartÃn, cumpliste tu palabraâ€. ¿A qué se referÃa este vecino? Que cada cual saque su propia conclusión… (TEXTO EXTRAIDO DEL LIBRO DEL LUGAR DE TAGALGUEN DE TOMÃS ORRIBO RODRÃGUEZ Y NÉSTOR RODRÃGUEZ MARTÃN).